Tenía yo cuatro años. Estaba yo en una finca, no lejos de un bosquecillo circular donde se escuchaba el ruido de la noria. La hacia funcionar un asno con los ojos vendados.

Interminablemente. Declinó la tarde, y yo no era capaz de dejar de mirarlo. Cuando ya me llevaban, corrí hacia él y, empinándome, le besé la cabeza.

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El asno, la acémila, el pollino tan despreciado por el hombre pero tan íntimamente servicial, y al que este le debe en gran parte lo que es y que generoso, ha dado al antropoide listo mucho más de lo que él como borrico recibió la carga y el palo.

Hoy le he recordado como cartero del pasado que llevaba en sus repletas alforjas, con paso firme y seguro, la radio, el telégrafo, el teléfono, la radio y la televisión.

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Uno de los tesoros literarios que guardamos en la Sacristía es este magnífico artículo que el insaciable escritor nos dedicó:

El hombre , que es bestia desagradecida de natural, llama burro al necio y cerdo al sucio, quizá me ocupe de estas dos desconsideradas licencias dentro de poco, que ahora toca loar a quien bien se lo merece : el primero de los dos animalitos dichos.

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La Asociación para la Defensa del Borrico ha puesto sobre la mesa de la sensibilidad  social una realidad alarmante.

En el año 1960 había más de un millón de asnos en España mientras en la actualidad no pasan de cien mil.

La mecanización del campo -dicen - es la culpable principal de tan escalofriante descenso.

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Hoy, se quitará la camisa salmón de duque y los zapatos corinto de pisar césped y nos iremos con él, Serafín Quero, Sánchez Cantos, José A. y yo.

Atravesaremos la Vega de Antequera y llegaremos a Rute que duerme en los olivos,  para la visita iniciática a los burros de Pascual Rovira. Bautizaremos tres borrachos y rendiremos culto, como cada verano, a los escritores andariegos. No vamos en mula como Santa Teresa, sino en el Mercedes de Cantos que siempre se equivoca de camino aunque Camilo lo advierte. Atravesar con Cela las colinas de Benamejí, cerca de Jauja donde nació el Tempranillo, es una magnificencia que no se puede permitir ni el rey de Arabia. Se sabe de memoria la letra y la música de los clásicos como otros se saben las coplas. De pronto nos recita a Garcilaso (¿hasta que aquella eterna noche oscura / me cierren aquestos ojos que te vieron ?).

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